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Brasil, un país progresista

Carlos Escudé, La Nación Buenos Aires

El más grande de los males y el peor de los delitos es la pobreza. Esta sentencia de George Bernard Shaw, en el prólogo a El comandante Bárbara , parece haber sido adoptada por la clase política brasileña en su conjunto. En efecto, si analizamos las venideras elecciones presidenciales del país vecino, lo primero que surge es sorpresa ante el progresismo de los principales candidatos y partidos, que están a la izquierda de sus pares argentinos.

Sin embargo, en nuestro país esto no se percibe. Según un cliché generalizado entre nosotros, el Partido de

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Izquierda bonita, inicio de una crónica sobre el sur

Rafael Ruiz Moscatelli, La Nación

En los primeros años de los 2000 parte del progresismo miraba con suspicacia a Lula, quien bregaba por ser Presidente de Brasil y desconfiaba que Rafael Correa, progresista, economista graduado en Estados Unidos, fuera una salida política a las crisis de Ecuador. Con la polvareda que levantaba Venezuela, estas descalificaciones pasaron inadvertidas.

La pequeña historia que tanto sirve para entender el sentido de la política desaparecía, se la tragaba el modelo “neo con” que funcionaba con piloto automático y aún no se metía en un zapato chino. En esa época el Fondo Monetario Internacional

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Bienvenidos… la derecha es mayoría en Chile

Rodrigo Salcedo, La Nación

 

Al hacer los pronósticos para la elección presidencial de ayer partí de un supuesto que a la postre resultó ser completamente errado: que la derecha no podía ser mayoría en Chile.

Mi preocupación eran los votos nulos y blancos, es decir, que una parte del Chile progresista decidiera quedarse en sus casas o votar nulo o en blanco. Pensé que cualquier frente antiderechista era mayoritario y que sólo pisándonos la cola podíamos ser derrotados por la derecha.

La realidad me golpeó duramente. Los votos nulos y blancos fueron muy similares a los de la primera

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De progresistas y regresistas

Mauricio Salinas Escobar, La Nación

 

La necesidad de la derecha, que por definición representa intereses minoritarios, de lograr el voto de ciudadanos que no se identifican con ella, ha llevado a la candidatura derechista y a su comando a un conjunto de "jugadas" destinadas a ampliar su base potencial de electores. Entre éstas destaca lo que se ha llamado el travestismo, o sea, vestirse con ropa que no es la propia, que no es la que usa normalmente. Esto no es nuevo. De hecho, el candidato Joaquín Lavín se vistió, literalmente, en la campaña contra Ricardo Lagos de ropajes

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Desafíos de la práctica progresista

Álvaro García, La Tercera

 

La elección presidencial de este domingo marcará un hito para el mundo progresista. Algunos, incluso, vienen vaticinando un fin de ciclo. Ello sucede, sin embargo, en un momento particular: por un lado, asistimos a una evidente fortaleza como preferencia política en la sociedad, donde los chilenos ansían un rol más protagónico del Estado, haciendo más sustantiva su capacidad de regulación, una extensión del sistema de protección social, la recuperación de la educación pública, así como el impulso a los derechos laborales y al trabajo decente; pero, por otro, se observan límites a su capacidad de

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Grandes bloques más que grandes partidos

Rafael Ruiz Moscatelli, La Nación

 

Hasta en Estados Unidos, el reino del bipartidismo, el sistema de grandes partidos muestra sus limitaciones para expresar a una ciudadanía que se distancia de los políticos y exige que éstos se parezcan, al menos en algo, a la gente que camina por las veredas. Los republicanos, debilitados doctrinariamente por una crisis económica que los sorprendió, discuten internamente. Sus conservadores quieren refugiarse fortaleciendo la estructura partidaria, como si estuvieran en los tiempos de Bush. Posturas más abiertas discrepan de la doctrina neocon y buscan nuevas sintonías con sus electores y con el mundo.

Entre

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Progresismos de izquierda y derecha

Roberto Meza, Radio U. de Chile

 

La segunda vuelta presidencial del 17 de enero próximo y las luchas que, a propósito de aquella están viviendo las fuerzas políticas del país, ha repuesto en los medios de comunicación una curiosa competencia por la propiedad del concepto de "progresismo", instalado hace un tiempo por sectores renovados de la izquierda PS-PPD, que, entre el socialcristianismo DC y la izquierda marxista, buscaron en las últimas décadas una nueva identidad que redefiniera una extendida apreciación que los ubicaba en el ámbito de la socialdemocracia.

Por razones culturales e históricas, la izquierda chilena, especialmente la de

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La gran paradoja política: Presidenta a Ud. la queremos, pero no a quienes la acompañan

Hernán Narbona, Gran Valparaíso

 

Intentar un recuento en medio de una campaña de segunda vuelta en las elecciones presidenciales, es un difícil desafío, ya que estamos sesgados por las noticias en desarrollo, como la renuncia de dos presidentes de partidos, PPD y PRSD, quedando en el aire la de Escalona, PS, y Latorre, PDC. Porque ellos tienen responsabilidad política en las causas profundas de la debacle oficialista, ya que desoyendo el clamor de las bases, organizaron las Primarias más truchas e impresentables que hubiese ideado el mejor dictador, con las consecuencias de una gran ruptura díscola y un voto castigo

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Sobre la identidad democrática

Fernando Savater, El País

http://www.elpais.com/articulo/opinion/identidad/democratica/elpepuopi/20091229elpepiopi_4/Tes

El debate sobre la identidad francesa incitado por el presidente Sarkozy es un síntoma alarmante de cómo se están poniendo las cosas en nuestra Europa de los malentendidos. ¡Preocupación identitaria hasta en el último bastión republicano del radicalismo ilustrado! Si la sal pierde también el sabor... ¿con qué podremos devolvérselo? Probablemente, la mejor respuesta a quienes inquieren en qué consiste la identidad francesa es replicar: "En no hacer nunca preguntas como ésta". Pero hemos llegado a tal punto que ya no podemos limitarnos a esa irónica contundencia. Es preciso intentar de nuevo dar otra

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La agenda del progresismo

Juan Sebastián Montes P., El Mercurio

 

Mucho se ha hablado de progresismo. Es hora de empezar a definirlo. No a la usanza de los años 60, sino asumiendo que estamos en pleno siglo XXI.

Ser progresista es una actitud insistente en tratar de mejorar las instituciones políticas, sociales y económicas para el bien común. Lo contrario es contentarse con el statu quo o con un mejoramiento lento y reactivo de las instituciones. Evidentemente, la palabra se hizo famosa cuando en la segunda mitad del siglo XX algunos peleaban por acelerar los cambios (izquierda), mientras que otros se empeñaban en evitarlos

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