El derecho a definir la TV que queremos

Contingencia

Genaro Arriagada, El Mercurio

La venta del Canal 13 es la última paletada con que se entierra el orden televisivo que el país creó a fines de los 60, y que consistía en un sistema mixto compuesto por TV universitaria, pública y privada.

Ese sistema ha muerto, y ninguna nostalgia o decisión política podrá restablecerlo. Pero ¿qué vendrá a continuación? Frente a esta pregunta, hay un gran consenso acerca de cuál es la TV que no queremos tener: una televisión marcada por el sensacionalismo, la violencia y la "erotización" de la pantalla; que desinforme, degrade o manipule la opinión pública; que mediante la concentración de la propiedad tenga una influencia desmedida sobre la política, reduzca el pluralismo y dañe la democracia; que afecte negativamente la formación de los jóvenes y la niñez.

Pero el consenso anterior se rompe cuando nos planteamos cómo evitar esos males.

Una respuesta es que no hay nada que hacer, pues éste es un asunto que resolverá el mercado y que, por tanto, debemos aceptar la televisión a que él mismo nos lleve. Esa respuesta es equivocada. El mercado puede ser -y de hecho es- el mejor sistema para fijar los precios y las inversiones, pero no podemos dejar que él determine nuestra cultura, nuestra política o establezca los grados de pluralismo a que estará sujeta la libertad de expresión. De los sistemas de TV conocidos (excluyo la televisión en las dictaduras), el peor es el exclusivamente de mercado, que actúa ajeno a regulaciones. Su resultado, más que el de otros, ha sido la TV-basura, un nulo interés por la cultura, la banalización de la información y opinión pública, un conformismo administrado por el poder del dinero y la concentración -en sus propietarios- de un desmedido poder político.

Frente a esa respuesta está la de aquellos que creemos que la TV no es un mero negocio, que sus impactos sobre la sociedad son tan altos -y mal manejados, tan peligrosos- que una sociedad, y no el mercado, tiene el derecho a definir la televisión que desea tener. Si la fijación de precios (en un mercado perfecto, claro está) es algo similar a una ley física, el tipo de televisión que vayamos a tener es un problema que la sociedad debe resolver en torno a preferencias y valores: ¿Qué TV es buena para nuestra sociedad? ¿Qué la puede hacer una contribución a un orden más democrático, y no un instrumento de dominación? ¿Cómo hacemos para que, además de la entretención, la televisión haga un aporte a la educación y la cultura?

Se dirá, con razón, que lograr lo anterior no es fácil, pero hay instrumentos para procurar esos objetivos y una vasta experiencia -nacional y extranjera- de las oportunidades y eficacia de ellos. Se debe reconocer que algunos -por ejemplo, las regulaciones- salidos de madre pueden afectar la libertad de expresión, pero ese riesgo no los invalida, sino que obliga a normarlos y manejarlos con mayor cuidado. Lo que sí es cierto es que no hay una bala de plata que sea el único mecanismo que permita alcanzar esos objetivos. Lo que se necesita es una combinación de muchos de ellos: una TV comercial, sin duda, pero no exclusivamente comercial; una TV pública, desde luego; unos actores extranjeros, pero que no constituyan la mayoría; unos fondos concursables que permitan la producción de programas culturales; cuotas mínimas de programas culturales y de producción nacional; limitaciones a la concentración de la propiedad de la TV y de la televisión con otros medios; estimular sistemas de autorregulación, pero sin caer en la falacia de que ella hace innecesarias las regulaciones; un Consejo Nacional de Televisión con mayor independencia y mejores atribuciones; exigencias precisas para el otorgamiento de las concesiones...

Hoy, cuando el país debe pasar de la TV analógica a la digital, y el Congreso debe discutir una nueva ley de televisión, es el momento de un gran debate. Si no lo hacemos, los hechos crearán por sí solos -como lo están haciendo en estos días- un modelo de televisión que nunca habremos discutido y que quedará establecido por décadas, marcando más que muchos factores a nuestra sociedad, su cultura, su política, su derecho a la información y a la expresión.

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