¡El Trece no!

Contingencia

Hernán Larraín, El Mercurio

La decisión de la Universidad Católica de Chile (PUC) y, por ende, de la Iglesia Católica, de vender la concesión de su canal de televisión ha sido la peor noticia que he recibido en muchos años. Por las razones que señalaré brevemente, considero que ésta constituye una operación que no debe consumarse.

La televisión chilena, en los albores de la década de los 60, inauguró un modelo de televisión inédito en el mundo, pero de un profundo significado social: entregó a universidades el destino de este naciente medio de comunicación, como una forma de dejar en manos de instituciones comprometidas con la educación superior, esto es, identificadas esencialmente con valores supremos de la comunidad, el control y manejo de un instrumento que ya en esa época se anticipaba tendría un papel esencial en la cultura contemporánea, capaz de influir en la vida humana como quizás no lo había hecho ningún otro. Años más tarde se completaría este modelo inicial con la decisión de crear la televisión estatal al establecerse por ley TVN.

El tiempo ha pasado y la introducción de otros actores ha modificado el modelo inicial, parcialmente, lo que no es nuestro ánimo cuestionar. Sin embargo, ha sido precisamente la Corporación de Televisión de la Universidad Católica de Chile la que a pesar de los muchos errores de gestión, así como de reiterados desaciertos programáticos, ha sabido ser fiel a su origen y mantener abiertas las posibilidades de cumplir su mandato de educar, informar y entretener guiada sólo por un espíritu y compromiso con principios y valores consustanciales a la Iglesia y a Chile.

Cambiar este escenario me parece incomprensible e inaceptable.

Para la PUC perder este instrumento comunicacional es renunciar a una de las más formidables maneras actuales de vincular a la comunidad con la formación humana de una manera desinteresada y guiada sólo por consideraciones trascendentes. Más aún, históricamente, parte importante de la grandeza de esta casa de estudios emana de haber podido hacerla visible por contar con el Canal 13. Hacerlo sin un debate al interior de la universidad es imposible de entender. Desprenderse de este canal pronostica un futuro limitado en el ámbito estrictamente académico.

Para Chile, perder un canal que se identifica con su historia, que ha sido “la voz de los sin voz”, que ha preservado su sello inspirado en lo mejor de nuestra identidad, constituye un daño irreparable.

Para la Iglesia perder este medio de comunicación significa renunciar a cumplir su tarea evangelizadora y a influir en la ciudadanía por el medio más poderoso imaginable que tiene en el país a su disposición.

Es efectivo que en los últimos años Canal 13 ha sufrido pérdidas económicas mayores y ha reducido su influencia colectiva. Es también cierto que el modelo vigente de televisión en Chile es otro diferente del inicial. Sin embargo, aún mantiene la televisión un potencial formidable que la hace irrenunciable para la PUC y para la Iglesia. No se puede tirar por la borda la historia ni se puede abandonar la misión que ambas instituciones tienen con Chile y su futuro.

Nada tiene que ver en este planteamiento la familia Luksic, a quienes respeto y estimo por su contribución al desarrollo del país. Este no es un problema con el “comprador”, sino que con el “vendedor”.

Mantuve silencio cuando inexplicablemente para mí la PUC, a través de su club deportivo, decidió vender Santa Rosa de Las Condes, no obstante ser éste un inmueble que había recibido en donación por ser la Universidad Católica y para destinarlo a fines de deporte y recreación. También callé cuando ese mismo club deportivo, constituido como fundación, decidió convertirse en sociedad anónima, renunciando una vez más a su compromiso de hacer deporte sólo inspirado por valores y principios y no por otros (legítimos) intereses.

Pero ya no puedo callar más. Con mucho respeto, pero con mucha convicción, debo decir que no voy a ser cómplice del más grave error que ambas entidades quieren perpetrar. Vender su canal de televisión es algo que ni la PUC ni la Iglesia pueden hacer. Legalmente, tal vez, pero éticamente, no.

Es lo que pienso. Por eso creo que llegó la hora de decir: ¡El Trece no!

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