Bicentenario de la universidad moderna

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Fernando Lolas, El Mercurio

De las tres instituciones que más consistentemente han acompañado a la cultura europea desde el medioevo —la Iglesia, el ejército y la universidad— es sin duda esta última la que más formas diversas ha adoptado y sobre la cual se emiten las más diversas opiniones.

Este año se conmemora el bicentenario de la universidad que fundara en Berlín el erudito Wilhelm von Humboldt inspirado por las ideas de Fichte y Schleiermacher. Conocida hoy como Universidad Humboldt en homenaje a su fundador y a su hermano Alexander, el modelo que esta institución inauguró para el Estado prusiano fue luego imitado en muchos lugares del mundo. Su concepto principal fue la unión de la investigación con la enseñanza, entendiendo por la primera la búsqueda libre y desinteresada de la verdad y por la segunda la formación integral del espíritu, completando lo que escuela elemental y secundaria habían preparado. Ambicioso fue el programa formativo de sus primeras cuatro facultades, pues no se proponía especializar a los estudiantes en forma precoz sino fertilizar sus mentes para el desempeño futuro en la sociedad humana.

No fue este el modelo que tuvo presente Andrés Bello cuando, al crear la Universidad de Chile, la imaginó como una academia de gente de letras y una suerte de superintendencia de la educación de toda la nación. A partir de la influencia de Ignacio Domeyko y el estatuto de 1879 la universidad adquiere el carácter docente con que la conocerían las generaciones posteriores. Sin duda influyó en ello el éxito del modelo humboldtiano como universitas litterarum, unidad de las ciencias y las artes en sus dimensiones teoréticas y prácticas más que comunidad de maestros y estudiantes, idea que presidiera las corporaciones previas a ella. Desplazado así el acento al cultivo y transmisión del saber, quienes se formaran en la institución debían ser luego súbditos ejemplares de un estado ideal y haber recibido la formación moral que la Ilustración asociaba al cultivo de la razón.

Esa institucionalidad se caracterizó porque quienes fueron a integrar sus filas lo hicieron por el sincero deseo de dedicarse a investigar y conocer y debieron, como agregado, ejercer la docencia y la tutoría de quienes deseaban seguir sus pasos en la senda del conocimiento. La unidad de investigación y enseñanza tuvo, desde sus mismos comienzos, la esencial ambigüedad de las prioridades electivas.

Aunque es difícil reconstruir el clima espiritual de la época, es de saber que el patronazgo real vino a la universidad berlinesa en 1828 y con él un cambio de nombre. La Wilhelm Friedrich Universität, con su nombre, indicaba la ligazón de la institución y sus metas al Estado prusiano y, por consiguiente, la esperanza de que la munificencia del monarca y sus oficiales sostuvieran los emprendimientos de la institución.

La herencia de la universidad humboldtiana es múltiple. Sean destacados solamente dos de sus aspectos. El primero, la libertad para investigar y enseñar que debía ser patrimonio de quienes en ella trabajaran. El segundo, su acendrado espíritu de servicio público, pues de ella debían egresar las elites dirigentes y los funcionarios del Estado, además de renovar sus propios afanes intelectuales con nuevas generaciones de sabios.

En estos tiempos de persistente confusión entre lo estatal y lo público conviene rememorar el bicentenario de una señera institución universitaria. Cuyo prestigio no se basó en donaciones y magnanimidades sino en el permanente trabajo de sus miembros. Sus finalidades se mantuvieron, no siempre con éxito, alejadas de las directrices del Estado. Pues otro de los aportes de Humboldt fue sostener, en un opúsculo de teoría política, que la influencia del Estado debía tener límites y que la principal conquista del espíritu ilustrado europeo era, y debía ser, la libertad de los individuos.

Cuando se reclama la dependencia de los gobiernos y se pontifica sobre un modelo de Estado que hace algún tiempo dejó de ser hegemónico, es bueno recordar que Humboldt y la universidad del bicentenario advirtieron siempre que dependencia puede significar sometimiento al poder político de turno, preeminencia de lo coyuntural sobre lo estructural y paradójicamente la negación misma del espíritu público, que si bien suele identificarse con lo estatal, en modo alguno se reduce a ello. Especialmente si la noción de Estado es débil y se la confunde con la del gobierno transitorio. Bien lo supo la universidad berlinesa en los tiempos del nacionalsocialismo y la sujeción del intelecto a la ideología.

Este es un bicentenario que debiera inspirar a quienes se interesan por la universidad chilena para estudiar las mutaciones históricas de la institución y participar en un debate desapasionado y libre, pero sobre todo históricamente ilustrado, sobre la constitución de un auténtico sistema universitario, con partes funcionalmente diversas y complementarias, adecuado a los tiempos presentes y ajeno a las nostalgias.

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