Abrid la tumba

Contingencia

Cristián Warnken, El Mercurio

Es mediodía y el sol enciende el mar del litoral central. Estoy frente a una lápida rayada por grafitis y groserías de baño público. Leo en la solitaria tumba emplazada en estos cerros pelados por la sequía: “Abrid la tumba./ Al fondo de esta tumba/ se ve el mar”. El epitafio escrito por Huidobro para su propia tumba en el traspatio de su fundo en Cartagena invita a seguir un viaje más allá del polvo en que nos convertiremos.

Huidobro era un mago de las invitaciones provocadoras, de los desplazamientos de sentido, de las piruetas en el aire y en el verbo. El aristócrata que produjo —según Eduardo Anguita— una “revolución del ánimo” en Chile. El Chile del peso de la noche, del vino tinto litreado, de las “lentas pesadas gotas” de un Sur de tabernas y borrachos tristes, el Chile de las “materias” y las burocracias, ese que Neruda cantó como nadie y que convirtió en su sonsonete característico y pegajoso, moroso: “Como cenizas, como mares poblándose/ en la sumergida lentitud, en lo informe”. Después, él mismo huyó de ese tono anímico y se transformó en un gozador sensorial y coleccionista de cachivaches y mujeres. Pero Huidobro fue el primero que se rebeló contra la inercia, la “gana” chilena, esa que nos ha empantanado en la melancolía y el resentimiento y cuyos reflejos vemos todos los días en los ojos apagados y las miradas desconfiadas de las multitudes grises que viajan en el metro. Ahora los chilenos se han puesto más ruidosos, más “reguetoneros” y van pegados a sus ipods, pagados en cómodas cuotas de un endeudamiento infinito. Pero detrás de sus carretes y pasión por la bullanguería se esconde todavía agazapada la decadente tristeza del borracho botado al fondo del piso de la fonda, el mismo que le pegó antes a su mujer y la dejó cargada de una legión de huachos que repetirán como clones la misma falta de voluntad y vuelo que nos caracteriza.

Huidobro fracasó en su intento “nietzscheano” de cambiar la atmósfera vital de Chile. La prueba más fehaciente de ello es su tumba abandonada en un litoral tomado por el lumpen y los huachos adolescentes que se suicidan colectivamente todas las noches en tomateras aturdidoras y sin límites.

Neruda —su contendor metafísico— se convirtió en el poeta oficial, en una “animita de éxito”, cuya tumba bien protegida visitan miles de peregrinos todos los días. Sí, Huidobro perdió la batalla por darle forma a ese Chile informe y se respira una tremenda nostalgia por lo que pudo haber sido en esta tumba mancillada por grafiteros de mala muerte. ¡“Poor” Huidobro!

Dicen que fue un megalómano, un ególatra.¿O lo pelamos porque simplemente fue, en un país en que nadie se atreve a ser?

Antes que nada, Huidobro fue el pirómano que encendió el cielo con fuegos creadores. Ahora lo único que arde son los bosques de pinos y eucaliptos que rodean este litoral, por obra de pirómanos anónimos. Ni el mar se salva de la decadencia: pateo miles de latas y botellas vacías de cerveza desparramadas en una arena sucia, pegajosa, con los restos de la fritanguería y la comida chatarra de los miles de obesos mórbidos en que se están convirtiendo los chilenos. El mar es el vertedero de la porquería y desechos de los malos hábitos alimenticios copiados a la bulímica Norteamérica. ¿Qué diría Neruda si viera una de sus playas de este santuario de la poesía que dice ser Isla Negra, transformada en un chiquero en cuyas rocas se ha escrito con spray negro “no botar basura”?

Que Nicanor Parra le dé la palabra al profeta ecologista que hay en él y ponga el grito en el cielo desde Las Cruces. Que el antipoeta heredero de la gran cultura popular chilena (rica en delicadezas e ironía) salga a enfrentar al lumperío que está a punto de liquidar el litoral quizás más bello del mundo. Abramos la tumba de Huidobro, es urgente, antes de que este mar sea la inmensa tumba, el abismo de los restos de nuestro “Puro Chile”.


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