RAZONES PARA UNA POLÍTICA DE APOYO AL ARTE

Arturo Ruiz


La vieja razón a veces parece tan fría… ¿dónde es que los mortales pueden encontrar algo que realmente los haga grandes? Nuestras acciones deben ser controladas por nuestro pensamiento, porque si nos dejamos llevar por los impulsos ciegos de nuestros corazones, nos perderíamos en una serie de sinsentidos mayores aún que el sinsentido diario al que estamos sometidos. Entonces ponemos como salvaguarda una serie de premisas de orden práctico, ético e incluso trascendental. Pertenezco a la raza con vocación de exceso y he sufrido ya las consecuencias de los mismos más de una vez… ya no soy tan joven como para soportar lo que alguna vez fui capaz de tolerar con soberbia.

 

Pero una vida enmarcada en el contexto de la moderación es siempre una vida de fuerza contenida. Los que amamos muchas veces dependen de nosotros, además, como todos, tenemos un cierto apego por nuestra vida y queremos conservarla porque estamos seguros de que no tenemos otra, o, en caso de sostener alguna creencia inverosímil, tenemos un instinto de auto conservación que domina a todos los demás, tanto para el bien propio como para el de la especie. Por ello no cedemos al exceso que desea todo el resto de nuestra naturaleza. Nos cuidamos y cuidamos de los que amamos.

 

¿Dónde entonces puede escapar el impulso arrollador del deseo? La gente que es adicta a las compras tarda demasiado tiempo en darse cuenta de que si la última compra no fue capaz de darle satisfacción, es muy probable que tampoco lo haga la próxima. El más delicioso banquete  termina hastiando nuestros paladares y si la comida es excesiva nuestro aparato digestivo nos pasará la cuenta con verdadero resentimiento. No puede el macho amar a todas las hembras ni la hembra a todos los machos y para qué hablar de las pasiones que no siguen la regla convencional. A ello se deben sumar los deseos que no dejan de existir por muchos que su objeto sea imposible de realizar o conocer: el deseo de inmortalidad, de recorrer el universo más rápido que los cuerpos más veloces, de ver a los faraones del pasado, de desentrañar por fin el misterio del origen de todas las cosas.

 

La lentitud de la razón ha sido inversamente proporcional a sus logros. Los filósofos que soñaron con las respuestas disponibles hoy murieron hace miles años y en miles de años recién podrán conocerse las respuestas a mis preguntas o las preguntas que desconozco. No tengo el tiempo, mi vida es breve.

 

¿Acaso por ello deba contentarme con aceptar las respuestas del sacerdote, por mucho que violenten a mi inteligencia que le grita un gigantesco mentís?  No. Ello no sólo sería deshonesto, sino que además imposible. Ahí estaría constantemente vigilante mi razón diciéndome que el cura miente y acusándome de cobardía.

 

¿Adónde puede viajar entonces mi impulso devorador de soles? ¿Dónde puede mi consciencia encontrar la satisfacción a todo su monumental deseo? Allí adelante, ya sea con los colores de la pintura o los vidrios, el maleable metal, o las meras y volátiles palabras que se fijan en las pantallas, está la posibilidad de que nos creemos mundos. Como ejemplo, están allí todas las creaciones de nuestros ancestros y de nuestros contemporáneos, quienes haciendo uso de su imaginación nos mostraron que otros mundo sí son posibles para la consciencia que no está dispuesta a engañarse, pero que tampoco puede renunciar a sí misma.

 

Las más bellacas acciones y los más grandes temores se transforman en aventura para Conan Doyle o Lovecraft.  Dalí vulnera todas las leyes de la física y derrite los sólidos sin perder sus propiedades, mientras que los hombres nuevos nacen de huevos con formas de mundo. Los poetas han ensalzado hasta la redención los deseos más inmorales y Edipo es celebrado pese a que rompió el último de los tabúes. En el arte estamos más allá de la realidad sin perder nuestro sentido de la misma. Nos abandonamos a mundos divinos sin tener que engañarnos con crueles dioses inexistentes. En el arte la ficción no abandona a la verdad ni la verdad a la ficción y la falsedad por fin desaparece.

 

El arte es la inmortalidad de los mortales que los dioses, de existir, envidiarían.

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