La sorprendente normalidad chilena

Contingencia

Chile ha vivido, una vez más, una tranquila jornada electoral en la que se ha elegido al brillante empresario Sebastián Piñera como nuevo presidente de la Nación. Lo que en apariencia es algo normal en realidad no lo es tanto.
Desde el fin de la dictadura de Pinochet hasta la actualidad la vida política de aquel formidable país había continuado girando en torno a la figura y al legado del ya fallecido general. La denominada «Concertación» era una alianza de fuerzas políticas forjada en la oposición a la dictadura. Desde entonces había ganado todas las elecciones y dejado tras de sí una importante obra política caracterizada por la concordia, la cohesión social y el progreso económico. Años de dictadura y represión habían mostrado los riesgos del radicalismo y enseñado la necesidad de avanzar desde la moderación. La derrota de su candidato y antiguo presidente, Frei, invita a un higiénico replanteamiento del sistema de partidos chilenos veinte años después del fin de la dictadura. Lo que pudo tener sentido entonces no tiene porqué tenerlo ahora. La historia debe seguir presente en la conciencia de los chilenos, pero no atarlos hasta el punto de mantener las divisiones de antaño.
Con Piñera llega finalmente al poder una derecha liberal que goza de la simpatía de muchos de los que apoyaron la dictadura, pero que no tiene un vínculo con aquel régimen político. Es una expresión de la renovación vivida por la sociedad chilena y del éxito de buena parte de las políticas seguidas por la Concertación. Con Piñera se cierra en cierto sentido la transición política chilena, como ocurrió en España con la llegada de Felipe González al Palacio de la Moncloa. En ambos casos la obra legislativa ya estaba concluida en lo fundamental, pero sólo cuando el relevo se realiza con normalidad acabamos de reconocer que la democracia funciona plenamente.
La normalidad chilena contrasta con la anormalidad política de buena parte de los estados iberoamericanos, que sufren en estos días una nueva epidemia de populismo, tan antidemocrático como estéril. Si el mal es endémico en aquellas tierras no por ello deja de ser preocupante. La evolución de países como Argentina o Venezuela, entre otros, volverá a llevarse por delante la ilusión de una generación, además de sus ahorros. Frente a esos modelos Chile representa el mejor ejemplo de seriedad en el gobierno, de responsabilidad en la gestión de la economía y de auténtica política social. La recientes elecciones no han sido más que un capítulo más en esta política, tan ejemplar como excepcional. En alguna ocasión he oído, o quizás leído, que Chile se había desgajado del continente americano para convertirse en una isla que, por efecto de la deriva continental, se acercaba más y más a Australia y Nueva Zelanda al tiempo que se alejaba del resto de las repúblicas iberoamericanas. Bromas y exageraciones aparte, hay algo de verdad en esta afirmación. Chile optó por el rigor y la responsabilidad y desde entonces no ha parado de crecer y de mejorar el nivel de vida de su población.
Los buenos resultados chilenos no son sólo positivos para su gente. Chile es el ejemplo de que es posible desarrollar una política económica y social en Iberoamérica que beneficie a todos y que garantice a estas naciones un puesto apropiado en un mundo globalizado. Va contra corriente, en una región donde el discurso político se ha fundamentado en el sentimiento más que en la razón, en el prejuicio más que en el conocimiento. Pero sus resultados están a la vista, como lo están los ganados a pulso por Venezuela y Argentina, dos formidables casos de cómo se puede arruinar a unas sociedades que partían con considerables ventajas.
El éxito chileno partió de dos hechos vinculados con la dictadura pinochetista. El primero fue comprobar que jugar a la revolución es tan irresponsable como costoso. De eso los españoles sabíamos mucho, aunque en los últimos años hemos optado por abandonar la historia en beneficio de una supuesta memoria tan subjetiva como mal intencionada. La izquierda chilena comprendió que tenía enfrente tanto a una buena parte del país como a las Fuerzas Armadas y que si quería gobernar lo debía hacer desde la concordia. El segundo fue el éxito de las reformas económicas llevadas a cabo durante la dictadura, que permitieron al país comenzar a crecer desde una base sólida. Se habían puesto los cimientos para que Chile pudiera competir en un mercado mundial.
Los sucesivos gobiernos de la Concertación tuvieron la virtud, bajo dirigentes socialistas y democristianos, de desarrollar sus políticas en el marco de ambos parámetros: búsqueda de la concordia y política económica liberal. Con el tiempo la cohesión social se fue haciendo una realidad, Chile fue firmando importantes acuerdos de libre mercado, en algún caso con ayuda española, y nuevas políticas sociales permitieron que los beneficios generados por su vibrante actividad comercial llegaran a más y más gente. No se cometieron los errores o atropellos que caracterizan los gobiernos de algunos de sus estados vecinos. Chile es un estado de derecho donde se respeta la propiedad y se controla al Ejecutivo. No es una finca privada en la que la arbitrariedad reina para desgracia de propios y extraños. Chile, como Holanda en Europa, es la prueba de que los recursos energéticos o agropecuarios son menos determinantes para el bienestar de los pueblos que la educación y el rigor.
La Concertación ha cumplido un relevante papel en la historia de Chile y sus cuadros y votantes pueden sentirse orgullosos por ello. El tiempo no pasa en balde y tras veinte años en el gobierno ha perdido atractivo y ganado hábitos poco ejemplares. Era tiempo de relevo y la sociedad chilena ha tenido el acierto, desde mi modesto entender, de conceder a Sebastián Piñera la oportunidad de ensayar una nueva forma de gobernar, de llevar a los altos puestos de la Administración a gente nueva, más sensible al sentir popular y con más ilusión que sus predecesores.
No creo que el nuevo presidente vaya a gobernar fuera de los dos parámetros antes citados. La concordia y el desarrollo económico seguirán siendo las claves del modelo chileno, pero ahora revigorizados por la llegada de un nuevo equipo y por la ilusión de esa mitad de la población que ahora se siente aún más integrada al ver como, por fin, su candidato llega a la Casa de la Moneda. Piñera, como antes Bachelet, tiene una misión que va más allá de las fronteras de la República de Chile. Tiene el cometido de exponer al conjunto de la población iberoamericana que hay una alternativa al estéril populismo, que es posible vivir en paz y en bienestar si se guardan en el armario los viejos prejuicios, se respeta el imperio de ley y se aplica el rigor en la gestión económica. En tiempos el presidente chileno hubiera contado con el apoyo de la diplomacia española, comprometida entonces con la defensa de la democracia y de los mercados abiertos, como garantía del progreso y bienestar social. Tristemente en apenas cinco años hemos pasado de simpatizar con los movimientos antidemocráticos a la irrelevancia. Pero Chile no está sola. Otros gobiernos siguen, más o menos, la misma línea y juntos tendrán que actuar como dique frente al populismo y como cimiento para el resurgir del espíritu democrático.

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