¿Universidades?

Contingencia

Edison Otero

Según dan cuenta dos autores en una revista especializada de mucho prestigio, la American Sociological Review, entre 1900 y 2000 el sistema de educación superior en el mundo aumentó desde medio millón de estudiantes hasta aproximadamente 100 millones, y continúa aumentando. Los autores consignan, además, que tal crecimiento se concentró principalmente en las últimas cuatro décadas del siglo XX. Lo que resulta seguramente más inesperado, este nivel de expansión ha ocurrido en todo tipo de países y con relativa independencia de sus realidades económicas.

Acerca de las causas y las consecuencias de semejante expansión, muchos especialistas han elaborado toda clase de fórmulas interpretativas. No es el caso que nos inmiscuyamos en este artículo en una literatura que, por momentos, resulta simplemente abrumadora. Pero algunas cosas, rayanas en la obviedad, pueden ser enumeradas. Las universidades se han convertido en una poderosa instancia de movilidad social; se calcula que, en Chile, alrededor de la mitad de los estudiantes que se matriculan en las universidades chilenas, constituyen los primeros miembros de sus familias en tener dicha experiencia. A la vuelta de cuatro o cinco años promedio, con sus títulos obtenidos, podrán aspirar eventualmente a condiciones materiales mejores que las de sus padres. Por otra parte, las universidades continuarán proporcionando a sus respectivos países los profesionales de recambio. En fin, se trata de funciones decisivas.

Sin embargo, hay algo más en juego. Para ponerlo a la vista, acudo a una historia real que tiene que ver con algunas mujeres que acuden a la universidad y son las primeras en tener tal posibilidad en la minoría étnica a la que pertenecen. Se trata de jóvenes drusas, de entre 20 y 30 años, en busca de una mejor situación material.

Los drusos constituyen una minoría étnica que vive en Israel, unas cien mil personas distribuidas en alrededor de una quincena de poblados ubicados en zonas altas de las montañas. Se trata de una comunidad bastante cerrada, que tiene su propio sistema escolar y una justicia religiosa. Con la excepción de su creencia en la reencarnación, la religión drusa es un secreto perfectamente guardado. Tienen una estructura patriarcal, y las mujeres son consideradas en un estatus inferior al de los hombres. No se les permite acudir a los teatros, los cafés, los museos o los shoppings, y lo que ocurra con ellas lo han decidido tradicionalmente los hombres.

Naomi Weiner-Levy, investigadora israelí, escribe un hermoso artículo construido a partir de las entrevistas a estas 34 mujeres drusas, las primeras de sus familias en acudir a la universidad y someterse voluntariamente a un sistema de educación superior. El solo hecho de ir a clases sin la tutela de los hombres de su comunidad y convivir con igualdad de derechos junto a muchos otros estudiantes de diversos orígenes, fue el punto de partida de una profunda transformación personal. El entorno universitario, de una parte, y el contacto con el conocimiento académico, por la otra, generó significativos impactos cognitivos y emocionales en las jóvenes.

La experiencia de exponerse a una cultura institucional diferente a la propia, afectó sus propias identidades. Sin duda, el valor que la cultura universitaria reconoce y otorga a la independencia de pensamiento y a la capacidad de pensar por sí mismo, constituyeron un fuerte contrapunto. Como era de esperar, la vida en el campus socavó progresivamente el valor de la obediencia que les había sido impuesto en sus poblados de origen, y las empujó a replantearse los roles asignados en ellos a las mujeres. En una palabra, y sintetizando los hechos, los estudios universitarios significaron un cambio sustantivo en las vidas de las jóvenes drusas.

Sin necesidad de ser drusos o vivir en Israel, todas las personas que acuden a las universidades debieran experimentar remezones semejantes. Si tales revoluciones copernicanas no ocurren, las universidades han abandonado una razón fundamental de su existencia. La movilidad social debe ocurrir, qué duda cabe. Pero limitar las universidades a la exclusiva formación de profesionales, las convierte en funcionarias del conformismo y en reproductoras y continuadoras de profundas discriminaciones y desigualdades. Sin remezones intelectuales, las universidades pierden su sentido.

Esto tenía en mente el filósofo británico Bertrand Russell, cuando afirmó que “puede decirse que una institución académica cumple su función propia en la medida en que inculca hábitos mentales independientes y un espíritu de investigación. Cuando una universidad fracasa en esta misión, desciende al nivel del adoctrinamiento”.

lorena
lorena dijo:
28/07/2011 a las 22:12, CLT

hola nesecito saber si para estudiar en argentina hay  que nacionalisarse... esque lo que pasa de que yo estoy crusando 4º medio y estoy estudiando enfermeria pero nesecito saber si para estudiar en ergentina hay que nacionalizarse...

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