Pensarlo todo de nuevo

Contingencia

Vicente Massot, La Nación Buenos Aires

En este Bicentenario, a diferencia de cien años atrás, no hubo mucho que festejar. Si individualmente nos destacamos los argentinos en casi todos los campos, hemos resultado, al mismo tiempo, desde mediados del siglo pasado, un fenomenal fracaso colectivo. La frase, tan breve como sentenciosa, bien podría parecer provocativa. Es que no estamos acostumbrados a que nos zamarreen como pueblo, a que nos pongan en autos de qué tan bajo hemos caído en términos del desapego respecto de las instituciones señeras de la República, a que nos enrostren, sin piedad, el grado de engreimiento que nos caracteriza y ridiculiza por igual.

Nos creemos predestinados a consumar no se cuántas hazañas y parecemos convencidos de que, en comparación con otros países, la Argentina es única, o poco menos. Pero esas hazañas han resultado, a la postre, ilusiones pasajeras, y si acaso fuera posible distinguir alguna característica singular en nuestra idiosincrasia, no sería para enorgullecernos precisamente. Por lo tanto, aquella aseveración inicial no arrastra intención peyorativa alguna. Es un dato de la realidad que debería llamarnos a la reflexión. Si, en cambio, nos atajáramos diciendo que lo dicho constituye un agravio descomedido, enderezado contra el conjunto de los argentinos, demostraríamos a los topes de ceguera y necedad a los cuales hemos llegado.

Nadie insinúa que llevamos adosado, a modo de una segunda naturaleza, el estigma de un pueblo fallido desde la cuna. No es levantar, pues, un infundio contra nosotros mismos sostener que en apenas 130 años obraron los protagonistas de la Independencia, de la Organización Nacional y de la Generación del 80, un proceso desigual pero notable por sus logros, y que ese esfuerzo fructífero lo hemos echado a perder en los últimos setenta años.

Si mirásemos hacia atrás y sólo halláramos escombros y desolación; si al desandar la historia nos topásemos con proyectos frustrados, guerras perdidas y generaciones desperdiciadas, tendríamos derecho a ensayar una defensa basada en el hecho de que nacimos abandonados de la mano de Dios y condenados a vegetar, al garete, sin posibilidades de ser artífices distinguidos de una gran epopeya. Si fuera esto cierto, entonces de nada deberíamos avergonzarnos. Sólo que es falso.

Cuando Juan Bautista Alberdi pasaba revista, en 1847, a lo que había sucedido en esos treinta años transcurridos a partir de 1810, decía: "La República Argentina no tiene un hombre, un suceso, una caída, una victoria, un acierto, un extravío en su vida de nación del que deba sentirse avergonzada. Todos los reproches, menos el de villanía. Nos viene este derecho de la sangre que corre en nuestras venas: es la castellana; es la del Cid, la de Pelayo". No lo hacía en clave hispanista, sino en atención a las hazañas consumadas por los descendientes de la colonización española: la doble victoria sobre los ingleses en 1806 y 1807, las campañas libertadoras de San Martín y la defensa de la soberanía hecha por Rosas frente a la agresión anglofrancesa.

Culminado el ciclo de la espada, quienes asumieron la conducción del país convirtieron un desierto en una de las sociedades más adelantadas del mundo. No por nada desde el Centenario hasta la década del cuarenta del siglo pasado la Argentina fue considerada el país del futuro. Su crecimiento económico, su esplendor cultural, la movilidad social que logró consolidar y su alta tasa de alfabetización, entre muchos otros aciertos, fueron la demostración más cabal de un singular éxito.

Lo que sucedió después es largo de analizar. Tiramos por la borda la cultura del esfuerzo y endiosamos, en su lugar, la de la demanda; hicimos trizas el tinglado institucional forjado con tanto esmero y en su reemplazo reverenciamos sólo a líderes carismáticos y providenciales; despojamos a la justicia de su independencia y la uncimos, como vasalla, al carro de los dirigentes políticos de turno; jugamos a las escondidas con el capitalismo erigiendo, sobre sus ruinas, un sistema prebendario caro, corrupto e ineficiente; transformamos el Estado en estatismo y, a pesar de todo lo enunciado, cuando nos miramos al espejo y percibimos nuestras miserias, inventamos la teoría de la culpabilidad ajena.

Carece de sentido ensayar una nueva explicación acerca de la decadencia que nos golpea. Basta saber que se aposentó entre nosotros y nada hace prever, de persistir en los mismos errores, que las cosas vayan a cambiar para mejor. Es necesario asumir, de una buena vez, que el camino que hemos seguido, las ideologías que hemos abrazado y las recetas que hemos puesto en práctica, a la vuelta de algunos aciertos han resultado un rotundo fracaso. Empeñarse en reeditarlos sería suicida. No tuvimos mala suerte ni sufrimos un complot gestado por unos poderes extranjeros perversos ni, mucho menos, quedamos postergados en razón de estar lejos de los centros de decisión del mundo. Sencillamente desperdiciamos, producto de malos diagnósticos y peores políticas públicas, las posibilidades que, en forma reiterada, se nos presentaron.

Como todos los ensayos políticos, sin excepción, han defraudado las expectativas que generaron en sus comienzos, nadie debería agraviarse si dijéramos que aquí tuvieron la oportunidad de interrumpir el ciclo de la decadencia tanto el justicialismo como la UCR, el liberalismo nativo como el nacionalismo en sus diversas variantes y, por supuesto, los militares que fueron, por espacio de medio siglo, entre 1930 y 1980, el principal factor de poder de la Argentina moderna. Aún reconociendo los méritos parciales que pudieran corresponderles a los regímenes que se sucedieron desde 1945 hasta la fecha, lo cierto es que ninguno logró, por las razones que fuera, sacar al país del atraso en el cual se halla estancado.

¿Qué sentido tendría, pues, enarbolar los programas históricos de unos partidos que si bien han echado honda raigambre entre nosotros, no han sido capaces de solucionar los problemas estructurales que nos aquejan? Lo que valía para el radicalismo de Alem, Irigoyen, Balbín e Illia, ya no sirve. Lo mismo corresponde decir de la "comunidad organizada", tan cara al peronismo; de la idea de que achicar el Estado es agrandar el país o de las banderas que levantó en su momento la reforma universitaria. Tamaños tópicos lucen apolillados. Pudieron tener sentido en determinada época. Hoy se han hecho acreedores a una honrosa jubilación.

Obrar un giro copernicano supone, en un mundo nuevo, pensar de nuevo. Hay unos desafíos inéditos, nuevas enemistades, un contexto donde la independencia supone interdependencias, ventajas comparativas -que tenemos- a las que es menester sumarle las competitivas, que insistimos en desconocer. En suma, hay un escenario que reclama un esfuerzo común, trasparentado en políticas de Estado. Debemos asumir la responsabilidad de decidir y consensuar como argentinos, más allá de nuestras observancias ideológicas, los grandes rumbos por seguir. De lo contrario, la Argentina continuará girando como una bola sin manija, al compás de los caprichos de las distintas banderías en pugna.

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